EL PRECIO DE DEBER
Iván Jimenez. Heraldo de Aragón
Esta semana, la rentabilidad del bono estadounidense a diez años ha superado el 5%, un nivel que no se veía desde 2007. Quizá la cifra no impresione de forma aislada. El problema aparece cuando se aplica sobre montañas de deuda acumulada durante años.
La factura sí impresiona. Estados Unidos gastará en 2026 alrededor de un billón de dólares en intereses, unos 870.000 millones de euros. Es más que todo el gasto público anual consolidado de España.
Lo relevante no es solo cuánto se paga, sino qué se deja de hacer con ese dinero. Los intereses no construyen hospitales, no pagan profesores ni aumentan pensiones. Son el coste de decisiones anteriores y, cuanto mayor es la factura, menor es el margen para decidir el presupuesto futuro.
Eso no significa que endeudarse sea necesariamente malo. La deuda permite amortiguar recesiones, financiar inversiones o responder a situaciones extraordinarias como una pandemia o una guerra.
El problema aparece cuando se confunde la capacidad de endeudarse con la ausencia de coste. La deuda trae recursos del futuro, pero también obliga a dedicar parte de ese futuro a pagar decisiones del pasado. Ese es el precio de deber.
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