LA FACTURA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
María Sampériz. Heraldo de Aragón
Octubre ha dejado una imagen difícil de ignorar. Mientras muchas de las grandes tecnológicas asociadas a la inteligencia artificial sufrían correcciones en bolsa, sectores como salud, utilities o consumo básico se convertían en los nuevos favoritos del mercado.
La inteligencia artificial sigue avanzando a gran velocidad, pero los beneficios económicos no parecen hacerlo al mismo ritmo. Las grandes tecnológicas están invirtiendo miles de millones de dólares en centros de datos, chips e infraestructuras, mientras los inversores empiezan a preguntarse cuándo llegará el retorno de semejante desembolso.
Incluso ha aparecido una paradoja inesperada: algunas herramientas de IA empiezan a erosionar negocios tradicionales que, precisamente, financian esas inversiones.
A ello se suman una inflación persistente, unos tipos de interés elevados y las tensiones geopolíticas en Oriente Medio, que han devuelto protagonismo al petróleo y a los activos más defensivos. En este entorno, el mercado parece haber recuperado una vieja costumbre: premiar la prudencia.
La cuestión ya no es si la IA transformará el mundo. La verdadera pregunta es quién conseguirá convertir esa transformación en beneficios y quién terminará pagando la cuenta.
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