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Iván Jiménez Gracia. Diari de Tarragona
Casi un siglo después, algunos cometen el error simétrico. Ven con claridad el shock de productividad que puede generar la inteligencia artificial, pero anticipan que ese mismo avance destruirá empleo y acabará erosionando la demanda agregada. Producción creciente sin compradores. Beneficios concentrados y consumo en retroceso. Un crecimiento estadístico sin economía real.
La historia económica invita a ser más prudentes.
Cada gran revolución tecnológica ha sido, en esencia, un shock de oferta positivo. La máquina de vapor, la electrificación, el motor de combustión o la informática redujeron costes y elevaron la productividad. Hubo sectores que desaparecieron y trabajadores que tuvieron que adaptarse. Pero la demanda agregada no colapsó de forma estructural. Cuando producir es más barato, los precios reales tienden a caer o los márgenes a ampliarse, y en ambos casos aumenta la renta real. Y cuando la renta real aumenta, el consumo no se evapora; cambia de composición.
El ejemplo de Excel es ilustrativo. Cuando apareció la hoja de cálculo, muchos pensaron que el contable tenía los días contados. Si una máquina hacía en segundos lo que antes llevaba horas, parecía inevitable una destrucción masiva de empleo. Lo que ocurrió fue distinto. Excel elevó la productividad, amplió el campo del análisis financiero y aumentó la demanda de servicios más sofisticados. No sustituyó completamente al trabajador; lo hizo más productivo.
La propia contabilidad nacional ayuda a ordenar el debate. El PIB, visto desde el lado de la demanda, es la suma del consumo, la inversión, el gasto público y el sector exterior. Si la producción real aumenta gracias a la productividad, necesariamente alguno de esos componentes está creciendo. Si la renta se desplaza del trabajo al capital, ese capital no desaparece: se reinvierte, se distribuye o financia nueva actividad. Para que la producción crezca mientras el consumo y la inversión se hunden de forma persistente habría que suponer que todos los motores de la demanda se apagan al mismo tiempo. Eso describe una recesión generalizada, no una consecuencia inevitable del progreso tecnológico.
Keynes acertó al identificar el impulso de la productividad y erró al prever el comportamiento del mercado laboral y del consumo. Hoy algunos aciertan en anticipar un salto tecnológico y se precipitan al prever un colapso permanente de la demanda.
La inteligencia artificial no va a destruir el mundo. Va a hacer lo que siempre han hecho las grandes innovaciones: transformar la estructura productiva y obligarnos a adaptarnos. Y, probablemente, consumir cosas que hoy ni siquiera imaginamos.
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